Esperar en silencio la salvación del Señor

 Valmore Muñoz Arteaga



El que ha sido un año personalmente difícil está culminando. ¿La tomó Dios conmigo? Sería inmaduro y francamente ridículo verlo desde esa perspectiva. No creo ser tan importante como para que Dios, en medio de miles de millones de seres humanos, se dedicara a atormentarme para su esparcimiento personal. No creo que funcione así. Sin duda, soy importante para Dios, así como tú que lees estas líneas. De no serlo no estaríamos acá, aquí y ahora. Somos importantes para Él. Lo hemos sido desde siempre. Y bajo esa certeza he construido mi relación conmigo. Creo que esto es clave para definir nuestra dignidad como personas humanas.

En todo caso, este año que está concluyendo se transformó en una especie de calvario. Mi calvario personal. Lo comprendí rápido y al comprenderlo me hice dos preguntas: ¿dolerá mi crucifixión? ¿Podré resucitar? Dos preguntas que comenzaron a taladrarme el alma. Tuve mucho miedo. Tuve miedo y quise evadir a como diera lugar tal circunstancia. Aunque en el fondo sabía perfectamente que era inútil. Que no podría evadir. Podría, sí, postergar, pero no evadir. ¿Qué hacer? Asumir que “si aceptamos todo lo bueno que Dios nos da, también debemos aceptar lo malo” (Job 2,10) Efectivamente, los últimos años Dios había sido espléndido conmigo y con mi familia. Ahora me tocaba a mí intentar serlo con Él.

Aceptar lo malo. Parecía sencillo, pero no lo era. ¿Cómo aceptar todo el aluvión de situaciones que comenzaban a caer y que, tenía claro, iban a conducir a mi muerte y resurrección? La respuesta llegó mientras trabajaba en un artículo para una revista. Necesitaba recoger algunos datos de una mística medieval llamada Juliana de Norwich. Esta mística preconizó que el sufrimiento humano nos acercaba más a Dios, por lo que era asumido como algo positivo y no como un castigo divino, pero lo que más sirvió de bálsamo para el peregrinaje por mi desierto personal fue que, como ella afirmó, Jesús le aseguró que “todo acabará bien, todo acabará bien, y sea lo que sea, acabará bien”. No sé cómo y de qué forma, pero mi actitud fue otra.

Así fui navegando entre los duros embates de la tormenta. Tratando de no dejar de contemplar a Cristo, de no perderlo de vista. Esto tampoco es fácil. Muchas veces me forcé a hacerlo. No tengo claro si alcanzaba el objetivo, pero pasaban los días, uno tras otro, y yo seguía firme. Confieso que sentí haber superado lo peor, pero no fue así. Lo más duro estaba por venir. Se abría frente a mí un camino que me deparaba la más profunda de las decepciones que he tenido. Decepción, dolor, angustia. No sentía que transitaba un desierto, sino un descenso al abismo. Comenzaron a suceder situaciones grotescas, bochornosas, vergonzosas, viles. Comenzaron a suceder una tras otra, sin descanso.

En medio de estas tribulaciones, llega a mí la imagen de la habitación de Antonio Rosmini en Domodossola. Sobre la entrada a la misma hay una inscripción tomada del libro de Lamentaciones que dice: “es bueno esperar en silencio la salvación que proviene del Señor” (3,26). Línea que reitera el salmista al afirmar “Vive en calma ante Yahveh, espera en Él, no te acalores contra el que prospera, contra el hombre que urde intrigas” (37,7) Esto no me quedaba claro, pero traté, como hice con Job, de asumirlo. Mientras “hombres de sombra negra”, como canta Antonio Machado, urdían intrigas, y algo más que eso, me concentraba en estos dos versículos, pero sobre todo traía a mi mente la escena de Jesús frente a Pilato. Ese silencio de Jesús fue definitivo en mi vida. En ese silencio se produjeron profundos cambios en mí que, aún ahora que escribo esto, me sorprenden. Ya lo dice el Papa Francisco: “hay que dejarse sorprender por Jesús”. Así comencé a obviar las maldades liliputienses que intentaban doblegarme para concentrarme en las sorpresas de Jesús.

Empecé a ver con mayor claridad qué es eso de “esperar en silencio la salvación del Señor”. Esta convicción me preparó para la guinda del pastel. Aprendí de Antonio Rosmini lo vital que resultan para el hombre la caridad, la justicia y la verdad. Tres aspectos cuya comprensión se abre al hombre por medio de la luz de Cristo. Una luz que se enciende justamente en silencio. Aquí no me refiero al silencio producto del no decir nada, sino a uno más profundo: un silencio producto del callar por dentro. Neutralizar nuestra voz para que sea la voz de Cristo quien diga lo que tenga que decir. El silencio de María. ¿Cuál es el silencio de María? La voz y la acción de Cristo ese es el silencio de María. Callar para que hable el Evangelio.

Rosmini, en su silencio lleno de Evangelio, comprendió que no se puede ver la verdad si no hay verdadera caridad. Si no se puede ver la verdad no se puede hacer justicia. No me refiero a un vacío de caridad. No. No me refiero a eso, pero la caridad para que pueda ver la verdad y, a su vez, impartir justicia, tiene que ser una caridad ordenada. Una caridad que no esté confundida por intereses o por afectos. No se puede colaborar con la verdad si la caridad está tergiversada. Qué triste es no poder ver la verdad, pero mucho peor y más lamentable es negarse a verla. Esto me recuerda al Timeo de Platón y la labor de Dios en la transformación del caos en orden. Dios por medio de su amor siempre ordenado fue capaz de transformar el caos en orden. En tal sentido, si el amor no está ordenado, entonces podemos hacer lo contrario: pasar del orden al caos. Me hicieron vivir en medio del caos, pero “esperé en silencio la salvación del Señor”.

No soy el mismo. Luego de una experiencia así, no se puede ser el mismo. Nietzsche alerta lo peligroso que resulta ver el abismo, pues termina tragándonos. Preferí ver a Cristo en medio del abismo. En muchas oportunidades me forcé a hacerlo. El resultado es que aprendí, o eso creo, a verlo, pero sobre todo a dejarme ver. A no ocultarme como hizo Adán en el Paraíso. Me siento en paz porque dejé de creer y comencé a creer. Crecí y debo suponer que esto que ahora vivo en mi interior es parte de esa salvación del Señor que esperé en silencio. Ahora, cuando muy pronto iniciará un nuevo año, me toca no olvidarme de esto, pues la vida continúa. ¿Dolió la crucifixión? Sí, mucho, uno se muere en serio. ¿Resucité? En algunos aspectos sí, en otros no lo sé, pero lo sabré.


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