Habitar la casa del amor
Por Valmore Muñoz Arteaga
El libro del profeta Ezequiel, de los llamados profetas mayores, cuyo énfasis recae, entre otros temas, en el inevitable derrumbe de Jerusalén debido a sus pecados, especialmente el de la idolatría y la promesa del Espíritu que da vida como la clave para la fidelidad al pacto, guarda un bello tesoro entre sus líneas. Un versículo cargado de simbolismo y de fuerza vital para confrontar, desde una perspectiva verdaderamente revolucionaria, los avatares de la vida diaria. Dice: “Yo les daré un solo corazón y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos. Y quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (11,19). Un versículo que nos conduce, de alguna manera, a reflexionar acerca del hecho de que, a veces por culpa de otros, muchas otras veces por nuestra propia culpa, hemos dejado que el corazón empiece a secarse. Nos hundimos en esa dureza que nos lleva a juzgar, a condenar, a mirar con desprecio. A desconfiar de los demás, incluso al mirar al cielo, parece que se tiene para con Dios más reproches que alabanzas. Así como a abrir las puertas a un proceso personal doloroso por medio del cual se termina cosificando a todos, en especial, al compañero de vida con el cual se ha decidido contraer matrimonio y construir una familia. Su cuerpo se transforma en objeto de deseo en vez de contemplarlo como casa, como refugio, como hogar donde habita el amor.
En Amoris Laetitia (2016), el Papa Francisco, hace una hermosa referencia acerca de la casa que se transforma en un candelabro cuando ésta se sostiene sobre piedra firme y no sobre arena (cf Mt 7,24-27). Esa piedra firme es la escucha abierta a la luz de la Palabra que es capaz de transformar la dureza del corazón en ventana abierta al perfume del amor esculpido por la trascendencia de Dios, pues “el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 4,7s). Si Dios es el absoluto, entonces el amor es absoluto y, por lo tanto, no tiene objeto. Simplemente, el amor es, existe. En el fondo, ese es el anhelo de toda persona, el puerto de toda pareja: ser el amor. Una pareja, cuando se abre el perfume de la Palabra, se transforma y transforma al otro, que ahora es contemplado como irradiación del amor, en toda su existencia. Cuando abren la escucha al paso sutil de la Palabra entonces experimentan la renovación del corazón y de la mirada, vivificando la existencia, mostrando de nuevo el camino del cual se habían extraviado por tantas razones, pues, como sabemos, sólo Jesús es el camino, la verdad y la vida (cf Jn 14,6).
Anselm Grün en su libro llamado Habitar la Casa del Amor (1995) explica, a través del relato de las bodas de Caná (Jn 2,1-12) cómo el amor, simbolizado en el vino del festejo, toca muy rápidamente a su fin. Por mucho amor que el hombre demuestre, realmente, por sí solo, no puede garantizar su duración. Transcurrido cierto tiempo parece que el amor comenzara a desaparecer, a desgastarse, hasta el punto de considerar que ya se ha dejado de amar, tal y como ocurre con la pareja que celebra en Caná. “Se les acaba el vino, se les acaba el amor. Entonces Jesús convierte en vino seis tinajas de agua para que el vino no se acabe. El seis es el número de la imperfección. Y las tinajas de piedra aluden a lo que de endurecido y petrificado hay en nosotros”. Hay que recordar también cómo la Palabra de Jesús fue haciendo arder de nuevo el corazón de los discípulos de Emaús y, poco a poco, una vez transformado el corazón, lograron reconocer al Maestro en la fracción del pan (Lc 24,13-35).
Al abrir la mente a la Palabra, la mirada cambia desde la raíz profundizando la dimensión erótica de los esposos hasta hacerla una con la mirada de Dios que ve más allá, que es capaz de penetrar la pétrea piel de las vasijas para transformar en vino el agua de su interior. Cuando la pareja se abre enteramente a Dios, entonces comienzan a experimentarlo en cada uno de sus sentidos hasta afectar todo el cuerpo, hasta los rincones más ocultos y oscuros. Algo muy parecido a lo que ocurre en el interior de las más intensas experiencia místicas, cuyas manifestaciones han sido harto comparadas con la experiencia erótica. Por ejemplo, vayamos despacio hacia Hadewijch de Amberes (1230-1260), considerada una de las más importantes escritoras en lengua neerlandesa. Su obra es reflejo de sus experiencias místicas con Dios. Cuenta la mística que, en una vigilia de Pentecostés, tuvo la sensación de que Cristo se acercaba a ella y la abrazaba apretándola contra él. “Sentí en todos mis miembros la plena bienaventuranza de su cuerpo según las ansias humanas de mi corazón. Con plena conciencia, fui allí satisfecha de placer”. Palabras que, sin duda, conducen a recordar aquella obra de Bernini en la cual Santa Teresa de Jesús es herida por Cristo con la flecha del amor. Esta profunda experiencia amorosa también puede ser compartida por los esposos cuando son capaces de ver y sentir más allá del cuerpo, de las limitaciones del cuerpo y contemplarlo y sentirlo como casa donde habita el amor, pues, al beber directamente de la herida de Cristo, aquella de la que manó agua y sangre, entonces es un amor que puede vencer a la muerte en todas sus variantes y posibilidades. Se transforma en un amor que vive en sí mismo aquello que afirmaba San Pablo: “Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. El amor no se acaba nunca” (1 Cor 13,7-8).
El Concilio Vaticano II, por medio de la Constitución Gaudium et Spes, enseña que el amor “abarca el bien de toda la persona, y, por tanto, puede enriquecer con una dignidad peculiar las expresiones del cuerpo y del espíritu, y ennoblecerlas como signos especiales de la amistad conyugal” (49). Tanto el Concilio como las experiencias de muchos míticos parecen decir que el amor, sin placer ni pasión, no es suficiente para representar la unión de los esposos con Dios. Por ello, en Amoris Laetitia (2016), el Papa Francisco, recordando a San Juan Pablo II, afirma que Dios ama plenamente el gozo pleno de sus hijos. Busca el perfeccionamiento del deseo por medio de la aceptación de que el placer “encuentre otras formas de expresión en los distintos momentos de la vida, de acuerdo con las necesidades del amor mutuo” (149). Cuando la Palabra se pasea por el jardín del cuerpo de los esposos, tal y como Dios paseaba por el Jardín del Edén, entonces la conciencia se amplía buscando la dilatación y perfeccionamiento del deseo aceptando con ello a la sexualidad como un regalo maravilloso del Señor para sus creaturas.
La sexualidad vista de esta manera invita a la transformación de los cuerpos en oraciones entregadas al amor, oraciones que, al elevarse, lo termina quemando todo y sólo Dios queda. Siendo oraciones desnudas se penetran una a la otra para que florezca entre ellas la realidad verdadera. Rumi, maravilloso poeta del amor y del sufismo, advierte que el cuerpo se mueve mediante el espíritu, pero no podemos verlo, conocemos al espíritu por medio de los movimientos del cuerpo. Ese espíritu que es capaz de transformar al cuerpo en oración indica que, en el fondo, el gran objeto del deseo humano es Dios. Cuando el hombre permite que la Palabra lo acaricie cuando acaricia el cuerpo del otro que es oración, la forma es otra. “Con el vino del amor, canta Rumi, la ebriedad es otra”. El cuerpo de la esposa se transforma en un bocado que no cabe ya en la boca y por eso la lengua se calla, pues se llena de las voces de ella que canta y él arde en su canción. El canto de ella es el ardor de él. El canto de él es el ardor de ella. Los cuerpos son la habitación del amor donde los esposos amantes se multiplican en altura, ansia y dignidad, pues Cristo no sólo multiplica panes y peces.
En Incendio de Amor o la Triple Vía, San Buenaventura (1221-1274) invita al hombre a examinar si están vivas en él las raíces de todo mal, que son el afán de placer, la curiosidad y la vanidad. Invita a una examinación profunda del deseo que reina en su corazón y lo hace apetecer manjares, comodidades y placeres carnales. No para rechazarlos de antemano, sino para saberlos orientar o, como recomendaba San Juan Pablo II, someterse al fruto gradual del discernimiento de los impulsos del propio corazón. El hombre “debe aprender con perseverancia y coherencia lo que es el significado del cuerpo” (Catequesis 12-11-1980). La sexualidad, apunta el Papa Francisco en Amoris Laetitia, no es un recurso para gratificar o entretener, ya que es un lenguaje interpersonal donde el otro es tomado en serio, con su sagrado e inviolable valor (151). Es menester para los esposos examinar siempre si están vivas las raíces del mal que no les permiten ver, comprender y valorar el significado esponsalicio del cuerpo y la auténtica dignidad del don. La corporeidad sexuada, escribe San Juan Pablo II, tiene la capacidad de expresar el amor, ese amor precisamente en el que el hombre-persona se convierte en don (Catequesis 16-01-1980), se convierte en casa donde habita el amor al dejarse transitar por la Palabra.
La Palabra transforma el corazón de
piedra en corazón de carne. Corazón que es capaz, no sólo de sentir, sino de
mirar de otra manera. En el caso de los esposos, él ya no ve en su esposa un
cuerpo que palpita entre caricias y besos, sino silencio suspenso donde
milagrosamente un nota suena. Gota de agua que nunca cae. Fuente donde reposar
la exquisita paz luego de la entrega total, completa, absoluta porque así es el
amor que mira a Dios para llenarse de sentido. Cuerpo que no es cuerpo sino
puerto donde se agolpan felices los vaivenes donde se ha sido centro que arde
como llama de amor viva. Cuerpo que no es cuerpo, sino fragancia embriagante
donde se teje el bienestar del corazón. Corazón que ya no es de piedra, sino de
carne, carne que se abre y no se cierra. Carne que sonríe alegre la alegría del
amor. Amor que es luz del candelabro que brilla siempre en la casa donde habita
el amor.
Paz y Bien

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