Comenzamos con (en) la verdad
Por Valmore Muñoz Arteaga
Cuando leo o escucho la palabra “verdad” inmediatamente se viene a mi mente un momento crucial en el Evangelio. Jesús se encuentra frente a Pilato, ¿o es Pilato frente a Jesús? Momento crucial por algo que Jesús le dice a Pilato, pero que a su vez nos lo dice a todos los hombres de todos los tiempos y lugares. “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18,37) le dice Jesús al Procurador. A lo que éste le responde con una pregunta: “¿Qué es la verdad?”. La pregunta de Pilato me deja claro que no pudo escuchar a Jesucristo y, por lo tanto, no era éste de la verdad. Aquí alcanzo a comprender que uno no posee la verdad, sino que, por el contario ella posee al hombre.
Hemos sido creados para la verdad. ``Ahora pues, si en verdad escucháis mi voz y guardáis mi pacto, seréis mi especial tesoro entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra” (Ex 19,5); “El Señor es Dios y nos ha dado luz” (Sal 118,27); “El pueblo que andaba en tinieblas ha visto gran luz; a los que habitaban en tierra de sombra de muerte, la luz ha resplandecido sobre ellos” (Is 9,2); “caminad mientras tenéis la luz, para que no os sorprendan las tinieblas; el que anda en la oscuridad no sabe adónde va” (Jn 12,35); “para que abras sus ojos a fin de que se vuelvan de la oscuridad a la luz, y del dominio de Satanás a Dios” (Hch 26,18) “porque antes erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de la luz” (Ef 5,8); claro, y si recordamos a los dos de Emaús entonces, a la luz de estas líneas, podemos comprender por qué cuando caía la noche y todo se oscurecía, le pidieron a Jesús que se quedara con ellos (cfr Lc 24, 29).
Hemos sido creados para la verdad, es decir, para la luz, aunque estamos hechos de luces y sombras. Afirmaba Antonio Rosmini que “creada para la verdad, la mente humana es fácilmente seducida por un principio que le es ajeno y enemigo, y que, con sus artes ilusorias, la induce a tomar por verdad las apariencias de la verdad”. Idea que concluye de manera lapidaria: “Y como la mente, como su maestra, es seguida por la voluntad, en lugar del bien para el que está hecha, la voluntad se aferra a las vanas apariencias del bien. De ahí el error y la culpa”. Para San Agustín, la verdad, como el amor, es la medida de todas las cosas y su noción de verdad se constituye en el eje fundamental de la relación alma-Dios. Él mismo, busca la verdad en su interior y luego afirmará con certeza: Dios es la verdad. El problema del conocimiento para él es poder justificar la verdad.
El conocimiento es una visión que se hace posible por la acción iluminadora de Dios que opera sobre la inteligencia. La búsqueda de la verdad es obra de la razón, facultad natural del ser humano, que lo dispone para la fe formulando el objeto en que ha de creer y discerniendo, bajo los criterios del conocimiento, lo razonable para aceptarlo: “entiende, para que creas”. Rosmini partió de este razonamiento para alimentar su teoría del conocimiento. Ahora bien, si la búsqueda de la verdad es obra de la razón, entonces debemos intuir que todo aquello que se aleje de lo racional nos aleja de la verdad, de hecho, nos puede conducir incluso a no querer buscarla, y si la verdad nos explota en la cara, entonces somos capaces de no aceptarla. ¿Qué puede provocar semejante situación? Pues una idea desordenada del amor. El amor que se desvía del camino –y el camino es la propia verdad– entonces, en ese desvío, se desvía todo lo demás, hasta nosotros mismos.
Por ello en Deuteronomio nos hablan de manera clara y categórica de los dos caminos: “Mira, yo he puesto hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal; si escuchas los mandamientos de Yahveh tu Dios que yo te prescribo hoy, si amas a Yahveh tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás y multiplicarás; Yahveh tu Dios te bendecirá en la tierra a la que vas a entrar para tomarla en posesión. Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas arrastrar a postrarte ante otros dioses y a darles culto, yo os declaro hoy que pereceréis sin remedio y que no viviréis muchos días en el suelo que vas a tomar en posesión al pasar el Jordán” (Dt 30, 15-18). A veces, una idea desordenada del amor nos puede conducir fácilmente al desvío del corazón, ese desvío a transformar a personas en dioses por los cuales nos arrastramos y nos postramos. Por ello en el libro de Josué se nos recomienda no desviarnos ni a derecha ni a izquierda (cfr. 1,7). También en Proverbios nos dicen: “Fíjate en el sendero de tus pies, y todos tus caminos serán establecidos. No te desvíes a la derecha ni a la izquierda; aparta tu pie del mal” (Pr 4, 27).
Quizás por estas cuestiones, Antonio Rosmini se vio en la necesidad de resaltar el hecho de que el hombre tiene que establecerse una caridad (amor) ordenada. Sólo de esa manera, a partir del amor organizado el hombre puede distinguir que la idea es verdad respecto de la cosa; y que, por lo tanto, “la cosa es verdadera si corresponde con la idea”. La cosa no es verdadera porque el hombre lo decide, ni por los abrumadores mandatos del corazón, sean estos de la naturaleza que sean, sólo será verdadera si se corresponde con la idea. Por esto, Poncio Pilato no pudo escuchar la voz de Jesucristo y por lo tanto no reconocer la verdad. Jesucristo es la encarnación del amor ordenado.
Iniciamos un año nuevo, esto es una nueva oportunidad para
reconciliarnos con la verdad y actuar en consecuencia. Ser coherentes con estos
aspectos a los cuales nos impulsa y obliga nuestra fe, ya que, obviamente, si
nuestra noción del amor no está ordenada, no tendremos posibilidad de reconocer
la verdad donde ella aparezca, pero también nuestra fe perderá todo equilibrio
que la mantenga firme ante la seducción del error oscureciéndonos ante nosotros
mismos y ante los demás.
Paz y Bien
Comentarios
Publicar un comentario