Comunión con la Belleza

 Por Valmore Muñoz Arteaga


Escribe Hermann Hesse en un poema que la “mitad de la belleza depende del paisaje; y la otra mitad de la persona que la mira…” La belleza desnuda en el paisaje está allí la reconozcamos o no. De hecho, está allí sin ningún interés por ser reconocida o valorada. Ella está allí porque está. Ni más ni menos. No pretende absolutamente nada. No busca absolutamente nada. Tan sólo está. Y está debido a que es una gracia, es pura gracia. Está sin ninguna razón ni explicación. La belleza revela todo porque no expresa nada, sentencia Oscar Wilde. Ahora bien, esa otra mitad de la belleza que permanece en la persona que la mira ¿cumple con el mismo criterio?

El propio Hesse afirma que la belleza no hace feliz al que la posee sino a quien puede amarla y adorarla. Kavafis, poderosa sensibilidad griega, escribió que llegó a contemplar tanto la belleza, que su vista terminó perteneciéndole. La belleza está allí siempre, nos acompaña en todo momento y en todo tiempo. Cada persona y cada cosa la poseen. “Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente, reflexiona Jorge Luis Borges que, por cierto, era ciego. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso”.

Borges acaricia una idea clave y nos la ofrece para que la acariciemos mientras ella nos acaricia: la belleza florece al cabo de los años, pero no porque no estuviera previamente, sino porque su reconocimiento no es instantáneo. La belleza evoca siempre profundidad y la profundidad se toma su tiempo. Descubrirla, sentirla, beberla para luego ser poseídos por ella requiere tiempo y entrega. Ella tiene todo el tiempo del mundo, pues ha estado aquí desde el principio. Su esencia venía abrazada a la voz del Creador cuando éste dijo su primera palabra al hombre. Por esta razón, Tagore canta que aunque le arranquemos los pétalos, no quitaremos su belleza a la flor.

Ella espera sin esperar. ¿Qué espera? La belleza espera a que el hombre aprenda a esperar. Espera a que el hombre supere el mirar, el ver, el observar y se dé la oportunidad de contemplar. Contemplar revela algo más que el simple vuelo de las aves y el sutil baile de los lirios al paso del viento (cfr. Mt 6, 26 – 33). Contemplar compromete nuestra existencia, lo que somos. Contemplar es mucho más que saber mirar. También requiere tiempo, paciencia, pero sobre todo silencio. Jesús es la belleza de la plenitud del hombre y sólo los que hacen silencio pueden escuchar su voz.

Para poder amar y adorar la belleza hay que reconocerla, y para ello se requiere de una voluntad humana. Ramón del Valle Inclán nos explica en su Lámpara Maravillosa (1916) cómo el corazón del hombre puede imantarse, sentirse irremediablemente atraído por la belleza si éste logra abrirse a la luz que todo lo ilumina. Un tanto agrega Antonio Rosmini cuando señala que la luz de la mente es el ser iluminante y que el ser no puede no ser iluminante. Pero para ello aplican ciertas condiciones: silencio y retiro que nos permitan ser tomados por completo. Que su paso se imponga a nuestra psique hasta que logre invadir todas las ramificaciones anímicas y corporales de nuestra sensibilidad. Que su presencia sea instante sagrado que nos dilate hasta el vértigo, así lo habría referido Armando Rojas Guardia. Ser comunión con ella, pues no puede ocurrir otra cosa, ya que la mitad de la belleza de la creación nos habita.

Sin embargo, la velocidad del momento actual no permite ni el silencio, ni el retiro, muchos menos la contemplación. Estamos siempre apurados viviendo aquello que no es vida debido a que no hay posibilidad de reconocerla en la belleza, en su belleza. Este tiempo líquido que como todo lo líquido dependerá de nuestro circuito y de nuestra forma de verlo, es decir, siempre es relativo y lo relativo es una constante conspiración contra la verdad en cuyos brazos la belleza verdaderamente se nos da. La paciencia de la espera agoniza en el aliento del tiempo líquido. En su territorio no hay posibilidad para alimentar la espera, por eso el pasa sin que nada quede: el tiempo líquido no tiene tiempo atestando un duro golpe a la posibilidad de la comunión entre la belleza y el hombre.

Paz y Bien

Comentarios

  1. Si la belleza, a condición del silencio, se impone a nuestra psique hasta "invadir todas las ramificaciones anímicas y corporales de nuestra sensibilidad" entonces es transformadora. Llamar a la conversión es llamar a la belleza.

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