Ética, moral y política

 Por Valmore Muñoz Artaga





Mi hijo Sebastián es practicante de aikido, arte marcial de defensa personal  de origen japonés cuyo objetivo es el control pacífico de las situaciones amenazantes, pero que, si nos apoyamos en su significado etimológico, tenemos que afirmar que se trata del estudio del camino para armonizar la energía interior o vital. Debo reconocer que es una expresión física que está más próxima a una danza que a lo que uno supone es un arte marcial. Luego de sus prácticas caminamos hasta la casa, queda muy cerca de donde vivimos, y en ese momento trato de inculcarle algunos valores éticos y morales muy propios de estas culturas milenarias que parecen girar en torno al tema del honor. Un muy bien definido concepto del honor.

En estos momentos, el dojo donde mi hijo practica se encuentra amenazado haciendo cuesta arriba su desarrollo. Lamentablemente, una muy errada concepción de la práctica política ha hecho que se enciendan las alarmas obligándonos a pensar en alternativas para poder continuar este camino de conocimiento. Motivado por esta situación quiero exponer algunas ideas, sin pretensiones de profundizar, sobre la ética y la moral en el ejercicio político que parecen haber quedado en el olvido, o peor aún, arrumadas entre los escombros de lo inútil, de lo innecesario, de aquello que ha perdido su valor y sentido.

Comencemos esta reflexión apuntando qué son la moral y la ética. En sentido etimológico, la moral proviene del latín moralis, que significaría algo así como manera de vivir. Ha estado desde sus orígenes vinculada a las costumbres. El Diccionario de la Real Academia vincula a su vez la relación de estas costumbres con la bondad o la malicia que “no concierne al orden jurídico, sino al fuero interno o al respeto humano”. La moral, según alcanzo a comprender, brota del corazón y, como ya nos enseñara Jesucristo: “no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre” (Mt 15,11) porque se forja en su corazón.

Por su parte, la ética proviene del griego ethos que significa manera de hacer o adquirir las cosas. Aunque los romanos parecen vincular esencialmente a la ética con la moral. Sin embargo, el sentido de ética que nos ha llegado a nosotros se lo debemos a Aristóteles. La significó como manera de ser, carácter. Así, la ética era como una especie de segunda casa o naturaleza; una segunda naturaleza adquirida, no heredada como lo es la naturaleza biológica. De esta concepción se desprende que una persona puede moldear, forjar o construir su modo de ser o ethos. La ética por otro lado es una reflexión sobre la moral.

Ambas palabras nos refieren a la conducta humana, a lo que hacemos o no hacemos, a lo que decimos o no decimos. Ambas definen nuestras acciones acercándonos a la bondad o a la maldad, a lo que está bien o a lo que está mal, a lo correcto o a lo incorrecto y, en todos los casos, vienen a ser producto de nuestras decisiones. Ahora, la palabra política también tiene un origen que, como suele suceder, no se acerca a lo que en estos tiempos entendemos por tal. En sus orígenes, la política era concebida como un arte. No era una ciencia como se puede entender hoy, sino un arte: el arte de vivir en sociedad o, también la resaltan como arte de las cosas del Estado. Palabras más, palabras menos: es un arte vinculado a la convivencia entre los miembros de la sociedad, pero también con el Estado. Cuando pensamos en arte lo hacemos a partir del hacer: el arte es un hacer, o como lo pudiera exponer Octavio Paz: es un hacer y es un decir.

La política es el resultado de cómo vivimos ética y moralmente. Nuestras decisiones éticas y morales son las que van a definir el desarrollo de la vida política de una sociedad. Esta vida política define, no sólo a la sociedad como tal, sino que establece un norte: nuestras decisiones éticas y morales no sólo dan forma a la vida política que estimula el hacer de la sociedad, sino que también va marcando el futuro de la misma. De nuestras decisiones, próximas a la bondad o a la maldad, determinará nuestro futuro. No podemos aspirar a un futuro próspero, democrático, con posibilidades reales de progreso, si las decisiones que tomamos no están orientadas por concepciones éticas y morales adecuadas. Esto logramos comprenderlo cuando el resultado de estas decisiones apuntalan al crecimiento de todos, no de unos cuantos, de unos pocos: debe prevalecer el bien común por encima del bien personal o grupal.

La política no sólo la determina el factor político partidista, sino el ejercicio pleno de la ciudadanía, precisamente porque esta debe aspirar en todo momento al bien común. No puede aspirarse jamás al bien común si se vulneran derechos y no se cumplen los deberes, ya que este binomio determina el perfil del ciudadano. El ciudadano es que ajusta sus valores éticos y morales en función del respeto al otro, en especial reconociendo su dignidad y su ciudadanía.

Lamentablemente, estos aspectos no forman parte de la conciencia del ejercicio político en esta hora que vive el país. Ejercer el poder en cualquier dimensión en que se esté implica una responsabilidad consigo mismo y con el otro, sobre todo con el otro. No se le sirve a un partido, a una ideología y mucho menos a un capricho, sino al ciudadano, particularmente al más necesitado. No podemos aspirar a una democracia sólida que dé vida a una sociedad moderna si no le brindamos valor a estos conceptos que son elementales en la vida social. Paz y Bien


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