La identidad de un colegio católico
Por Valmore Muñoz Arteaga
Desde el punto de vista cultural, podría afirmar que
la mayoría de las escuelas y colegios de Venezuela son católicos, bien sea
porque es el perfil de la institución o porque sus autoridades y personal sean
de confesión católica. No podemos perder de vista que el hecho religioso tiene
una altísima cuota cultural. Sin embargo, en estas líneas quiero centrarme
específicamente en la identidad de la escuela que se presente y autodefine como
católica, que es espacio para la humanización mediante la asimilación de la
cultura. En esto está bastante clara la Iglesia que lo expresa en su documento
sobre la Escuela Católica de la Sagrada Congregación para la Educación
Católica. Tan claro que invita a tener siempre presente que “si no es escuela y no reproduce los elementos
característicos de ésta, tampoco puede aspirar a ser escuela católica”.
Esta reflexión quiero compartirla por una necesidad
vital y existencial. No sólo creo ser
católico, sino que, además, gran parte de mi vida he estado vinculado a
instituciones de confesión católica, no sólo a nivel de colegios, sino
universitario. Cuando afirmamos que esta
o aquella es una institución católica
¿qué pretendemos decir? La pregunta la formulo sobre la base de que se suele
opinar mucho sobre este tema y otros más, pero sostenida sobre cuáles
argumentos. Para responder a este cuestionamiento quiero ampararme en
documentos oficiales de la Iglesia católica.
Determinemos el perfil de lo que es una escuela
católica. Para la Iglesia, la escuela es verdaderamente
un lugar privilegiado de promoción integral mediante un encuentro vivo y vital
con el patrimonio cultural. La escuela es un lugar para el estímulo y la
promoción existencial a partir de una concepción católica del hombre, del otro
y del mundo. Un hombre que tiene dignidad y le es reconocida en su condición de
alumno, representante, personal docente, administrativo u obrero. Esta promoción
integral parte precisamente del reconocimiento de la dignidad que prevalece en
todo ser humano. Reconocimiento que hizo Cristo al elevar a la condición de amigos a sus discípulos y, como expresan
los documentos educativos de la Iglesia: “la escuela católica se ofrece a la
sociedad como una opción educadora, a través de un proyecto enraizado en Cristo
y en el evangelio”.
La escuela católica pretende ser un ámbito homogéneo
y coherente, caracterizado, según el Concilio Vaticano II, por un clima de caridad y libertad. Caridad y libertad que tienen su fundamento en la verdad, puesto que en ella se refleja
siempre el rostro de Cristo. Caridad que responderá siempre a un criterio de
orden (Rosmini), puesto que, como resalta la Regla de Vida de los rosminianos, “la santificación personal también
comprende el ejercicio de la caridad para con el prójimo”. Caridad que se
expresa en tres formas igualmente importantes: en lo temporal, en lo
intelectual y en lo espiritual. En la caridad, la escuela católica va adquiriendo
conciencia en su empeño por promover al hombre integral “porque en Cristo, el
Hombre Perfecto, todos los valores humanos encuentran su plena realización” (Documento
de la Congregación para la Escuela Católica). Por estas razones, la escuela
católica ha de ser siempre una defensora y promotora de los derechos humanos y
de los aspectos básicos de la Doctrina Social de la Iglesia.
La identidad de la escuela católica no es otra que
la caridad, puesto que es el
fundamento de la acción de Cristo. La caridad es el sostén de toda la acción de
una institución católica para con sus miembros como para su entorno. La caridad
bien entendida. Aquella que, como sostiene Francisco en Fratelli Tutti, busca siempre el respeto de la dignidad del hombre,
ya que “cuando se respeta la dignidad del hombre, y sus derechos son
reconocidos y tutelados, florece también la creatividad y el ingenio, y la
personalidad humana puede desplegar sus múltiples iniciativas a favor del bien
común”. Valores que no sólo conforman la identidad de la escuela católica, sino
que son los elementos que ésta ayuda a promover en la sociedad a partir,
lógicamente, de lo que ella promueve en su seno, de lo contrario, sería luz para la calle y oscuridad para la
casa.
Todos los demás aspectos que gravitan en torno a la
escuela católica dependen de la caridad como valor sustancial en la vida
humana, ya que, como bien señala San Pablo: “Aunque hablara las lenguas de los
hombres y de los ángeles, si no tengo
caridad, sería como el bronce que resuena o un golpear de platillos”. En tiempos
donde la verdad y la justicia son sólo adornos en discursos sin consistencia
existencial, la escuela católica ha de ser vocera con el ejemplo de la caridad,
no sólo por ser la identidad que debe definirla, sino porque la caridad no se alegra por la injusticia, ya que
no alimenta hacia todos sino afecto y no disfruta con la ruina de sus
adversarios. Se complace con la verdad,
porque amando a los demás como a sí mismo, cuanto encuentra de bueno en ellos
le agrada como si se tratara de un aumento de su propio provecho (San Gregorio
Magno)
La caridad es mayor que todos los demás dones de
Dios, pues cada uno de ellos nos es concedido para que alcancemos la perfección
y la bienaventuranza definitiva; la caridad, en cambio, es la misma bienaventuranza.
La caridad es la identidad de la escuela católica, pues a partir de ella se
definen todas las características que la definen. La caridad no es una actitud
comercial, tampoco, como afirmaba Mario Briceño Iragorry, era organizar sopas para hacernos del concepto de
gente desprendida y filantrópica. La caridad es mucho más que eso. La caridad
es Cristo frente a Barrabás. Paz y Bien.

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