The Inner Light, una canción de George Harrison
Por Valmore Muñoz Arteaga
Tengo un repertorio de canciones que escucho como si
se tratara de una posibilidad para orar. Las escucho una y otra y otra vez,
como si se tratara de un mantra, como
cuando paso la cuenta del Rosario que le corresponde al Ave María. La escucho con todo el cuerpo y me voy, me alejo, ¿me
acerco?, desaparezco. The Inner Light
de George Harrison es una de ellas. Fue grabada en 1968 entre Inglaterra y
Bombay. Compuesta durante las grabaciones de Wonderwall Music, su primer álbum como solista. Apareció el 15 de
marzo de 1968 como lado B de Lady
Madonna. El hermoso tema está inspirado en el capítulo 47 del Tao Te King. Lo escuché por primera vez
cuando apenas llegaba a los 15 años. Forma parte de un recopilatorio de The
Beatles llamado Por Siempre. Me
recordó mucho al tema del mismo George compuesto para el impresionante Sgt. Peppers Lonely Hearts Club
Band (1967), llamado Within You and Whithout You, pero había
algo más en ella. Algo que me hacía desaparecer cuando la escuchaba.
Busqué como loco el Tao Te King y así me abrí paso por el intrincado universo oriental.
La literatura de Hermann Hesse y Rabindranath Tagore fueron también de gran
ayuda. Mientras descubría me descubría. Fue una búsqueda que hice en solitario.
Poco o nada compartía con nadie, a pesar de que me gusta la buena conversación.
Este aspecto de mis intereses lo reservé para mí. Lo iba guardando en mi
corazón como me enseñó a hacer María, la madre de mi Señor. Mi corazón: el
corazón, espacio que la mística resalta como lo más interior de cada ser
humano. Residencia de la persona. Dimensión
que hace al hombre sagrario, pues allí
tiene habitación la chispa de Dios (Meister Eckhart). Lugar interior en el cual
el hombre define si es lobo o cordero (Erich Fromm). La literatura occidental
ha desarrollado toda una tradición al respecto, basta con recordar al Fausto de Goethe o al Misterioso Caso del Doctor Jeckyll y Míster
Hyde de Stevenson.
Decíamos que la canción se inspiraba en el capítulo
47 del Tao Te King, pero es más que
eso, pues más bien Harrison lo que hace es crearle música, una muy bella, a las
palabras cristalinas del libro sagrado. ¿Qué dice este capítulo 47? Dice: “Se puede conocer el mundo sin salir de
la casa. Sin mirar por la ventana puede conocerse el SENTIDO del Cielo. Cuanto
más mundo se recorre tanto menos se sabe. El Sabio, para conocerlo todo, no
necesita viajar. No necesita observar para ser lúcido. Tampoco necesita actuar,
y sin embargo, realiza”. Todos estamos al tanto de lo que la pasividad
significa para el Taoísmo. Pasividad que es, en cierta forma, compartida por
todos los caminos espirituales. Una pasividad muy activa realmente, pero no es
eso lo que quiero resaltar.
No es sobre la pasividad activa lo que quiero
resaltar acá, sino más bien, la necesidad vital para todo hombre de alimentar
su universo interior, su espiritualidad, su corazón. Hablo de alimentar y por
ello quiero quedarme en lo culinario para explicarme. Me sucede que cuando
tengo hambre y trato de calmarla con una vigorosa hamburguesa de alguna cadena
particular de comida rápida, suelo efectivamente calmarla, pero vuelvo a tener
hambre al poco tiempo. Sin embargo, cuando calmo el hambre con comida
balanceada, preparada no para vender, sino para alimentar, el hambre vuelve,
pero se demora un poco más, mucho más. Y como sabemos, el hambre siempre
vuelve. El interior del hombre es un estómago que se alimenta también, pero no
con hamburguesas, sino con otras cosas. Alimentar bien la raíz permite que el
árbol sea, no sólo más frondoso, sino más fuerte ante los usuales embates
climáticos.
Lamentablemente los hombres hemos transformado la
rapidez, lo inmediato, en un valor fundamental para la vida. Tanto la rapidez
como la inmediatez son dos virus que socavan la interioridad del hombre, es
decir, su raíz. El hombre le ha dado relevancia a lo exterior por sobre lo
interior y este mundo de hoy, líquido y superficial, es una consecuencia de
tales decisiones. Basta la llegada de un viento muy fuerte o una pandemia para
que todo comience a caerse, a derrumbarse. La canción de George Harrison es una
invitación maravillosa para volver a Jerusalén, como lo hicieron aquellos de
Emaús (Lc 24, 13 – 35). Volver a lo que realmente somos, seres que quieren
liberarse, tanto como pueda, de todo aquello que, como si viniera de otro
planeta o de otra voluntad, fijara y dictara su camino sobre el mundo.
Paz y Bien
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