Educar para vivir poéticamente
Por Valmore Muñoz Arteaga
Escribe el poeta alemán,
Friedrich Hölderlin (1770-1843), “bendice cuanto te suceda, sé propenso a la
alegría”. El poema se llama Valor Poético,
escrito entre 1799-1802. Curiosamente, la vida del poeta no fue precisamente un
camino de gozo y alegrías. Todo lo contrario. Sin embargo, resulta maravilloso
leer estos versos en quien tanto sufrió. Precisamente en esos años de
composición del poema, Hölderlin comenzó a cobrar clara consciencia de sus
problemas mentales que lo conducían a espesos estados depresivos. Sin embargo,
nos pide que bendigamos todo lo que nos sucede e intentemos ser proclives a la
alegría.
En otro poema escribe
unos versos cargados de luces para motivar a construir una educación que enseñe
a vivir poéticamente: “¿Puede cuando la vida es toda fatiga, un hombre mirar
hacia arriba y decir: así quiero yo ser también? Sí. Mientras la amabilidad
dura aún junto al corazón, la Pura, no se mide con la mala fortuna, el hombre con
la divinidad. ¿Es desconocido Dios’ ¿Es manifiesto como el cielo? Esto es lo
que creo más bien. La medida del hombre es esto. Lleno de méritos; sin embargo,
poéticamente, habita el hombre en esta tierra. Pero más pura no es la sombra de
la noche con las estrellas, si yo pudiera decir esto, como el hombre, que se
llama una imagen de la divinidad. ¿Hay en la tierra una medida? No hay
ninguna”. Estos versos condujeron al filósofo, también alemán, Martin
Heidegger, a plantear la idea de un habitar
poético a partir de cuestionarse, por ejemplo: ¿cómo puede el hombre
habitar poéticamente cuando su habitar es el alojamiento determinado por el
mundo del trabajo, de la empresa, e incluso del placer cuando hay un
ordenamiento de su tiempo libre?
La Educación es un
camino lleno de posibilidades para esta aspiración de un vivir poético. En primer lugar, ¿a qué se refieren Hölderlin y
Heidegger con vivir poéticamente? Se
refieren a buscar un despertar de la conciencia del poder revelador de la
palabra que nos habita, una extrañeza para muchos hoy día. Una palabra con la
que deberías restablecer una relación existencial es contemplar. Contemplar se sostiene sobre la posibilidad de estar
siempre atentos. Comprender que el conocimiento es mucho más que clasificar y
poder predecir comportamientos. Los Evangelios nos animan en este sentido a
“mirar las aves del cielo: [que] no siembran, ni cosechan, ni recogen en
graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que
ellas?” (Mt 6, 26). Ver los pájaros del cielo es mirarlos volar y volar con
ellos. Contemplar solicita de nosotros detenernos, tener calma, tratar de
hallar la ausencia de ansiedad, precisamente para poder mirar las aves que
vuelan.
Nos recuerda el poeta
Armando Rojas Guardia que vivimos dentro de una sociedad que se quiere a sí
misma productivista y económicamente competitiva, regida por la entronización
de la mercancía, en medio de la cual la palabra poética no es rentable, no se
traduce en dividendos lucrativos, habla desde una esfera cualitativa que no se
deja reducir a lo empíricamente cuantitativo y verificable, escapa de los
alcances de la mera racionalidad instrumental y técnica. Esa racionalidad
instrumental y técnica impulsa al hombre a vivir en la agitación constante: el
tiempo vale oro. Pésima interpretación para poder aprovechar el día. “Aquí se
camina sin preguntar” como advierte Rafael Cadenas.
Desafortunadamente, la
vida del estudiante se ha transformado también en un mercado donde lo
importante no es el conocimiento, sino la calificación¸
ese numerito frío, sin vida, que dice todo sin decir nada. Se ha perdido el
gozo por el sabor del saber para salir tras una carrera universitaria y
continuar allí el afán numerológico. Ellos,
los alumnos, y nosotros, los docentes, corriendo nuestra propia carrera, hemos
olvidado que somos personas: bloque sensorial, psíquico y espiritual
de atención ante toda la dinámica existencial de la propia vida, ante la
expresividad del mundo, ante la sinfonía de detalles cotidianos en los que esa
expresividad se concreta. “¿Puede, cuando la vida es toda fatiga, un hombre mirar
hacia arriba y decir: así quiero yo ser también?”, se pregunta Hölderlin.
El filósofo coreano-alemán,
Byung-Chul Han, señala que uno de problemas que atravesamos en la actualidad es
el ritmo de vida acelerado, la prisa constante, que nos promete una vida mejor,
más dichosa, pero difícil de alcanzar, y la gran mayoría de las personas nos
damos cuenta de que esa promesa se aleja o simplemente no llega. A cambio,
quedamos agotados, anestesiados, desmotivados, e incluso vanagloriándonos de
nuestro cansancio como sinónimo de éxito, lo que más bien es un síntoma de una
vida alienada y desconectada de nosotros mismos.
La Educación debe
transformarse en una ventana que aproxime al hombre a lo que, hasta ahora, ha
sido considerado inútil, pero que, justamente, son los aspectos que le dan
sentido a la vida: la sensibilidad, el arte, la música, aquellas pequeñas cosas
donde son alumbrados los detalles de lo cotidiano. La Educación debe abrirse
por caminos creativos que nos alejen de esta condición de guetos para volvernos hogares
calurosos, carnes hospitalarias siempre atentas y enamorados. Claro que
siguen siendo importantes las clases de Castellano, Matemática, Física o
Química; por supuesto que siguen siendo necesarias las clases de Historia o
Biología, pero si el docente no logra ayudar a desarrollar corazones imantados
hacia todas las cosas, entonces, poco o nada se ha hecho. Seguiremos siendo los
hombres huecos de Eliot.
En la lectura de San
Lucas y los discípulos de Emaús (24, 13 – 35), cuando nos hablan de un corazón
que siente ardor, nos están
refiriendo precisamente a dos hombres que han despertado a la poesía del vivir
aquí y ahora. Lo poético no tiene cabida como una ocupación más, aunque quiera
volvérselo entretenimiento para el tiempo libre. Para la empresa cultural del
estado. Hoy lo poético no determina la vida de los hombres, no ocupa un lugar
central en nuestras vidas, como lo hacía el arte sagrado en la Antigua Grecia,
cuando nació Occidente del ardor de la libertad. Nunca fuimos más creativos,
inocentemente creativos. El habitar
poético, entonces, está en el despertar de la conciencia, que no es otra cosa
que vivir vigilantes, atentos al poder revelador de la palabra que nos habita,
despiertos a la verdad cósmica, sintiendo la vibración de eternidad en
cualquier lugar o persona.
Si la Educación se
comprometiera con una propuesta más poética, podríamos entusiasmar al hombre
del futuro, que es el joven de hoy, a concebir la cotidianidad no como mero
tiempo intercambiable y mecánico, sino como mistagogia,
es decir como introducción paulatina y autopedagógica en el misterio. Hombres
del futuro de cuyos labios brota la poesía que propaga la paz, de corazones
regocijados, animados a mezclarse con lo viviente, felices, como escribiera
Hölderlin, amigos de todos.
Paz y Bien

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